Por qué tu perro “se porta mal”… y qué te está intentando decir

ste artículo explica que cuando un perro “se porta mal” no está desobedeciendo, sino respondiendo como puede según su estado emocional. Comprenderlo permite ayudarlo y mejorar la convivencia.

COMPRENDERLOS MEJOR

Ernest Belchi

11/9/20253 min read

Por qué tu perro “se porta mal”… y qué te está intentando decir

por Ernest Belchi

A menudo, cuando convivimos con un perro, nos encontramos pensando: “No entiendo por qué hace esto”, “Pero si sabe que está mal” o “Me mira… y lo hace igual”. Es muy común interpretar ciertas conductas como desobediencia, desafío o mala intención. Sin embargo, cuando profundizamos un poco, descubrimos algo esencial: cuando tu perro actúa de una forma que te incomoda, no está eligiendo entre hacerlo bien o mal. Está haciendo lo único que puede hacer en ese momento.

Esta afirmación no es una metáfora benevolente; es neurociencia aplicada. El comportamiento de un perro —igual que el de cualquier ser vivo— no es una decisión aislada, sino la expresión de las conexiones neuronales y emocionales disponibles en ese instante. Dicho de otra manera: si tu perro hace algo que te molesta, es porque su cerebro no tiene ahora mismo otra respuesta posible.

La idea de que “podría hacerlo bien si quisiera” es tentadora, porque nos hace sentir que tenemos control. Pero es falsa. Cuando un perro ladra sin parar, tira de la correa, no acude a la llamada o muerde objetos en casa, no está intentando boicotearte. Está gestionando una situación que le supera, con las herramientas que tiene disponibles. Esas herramientas son redes, circuitos, aprendizajes previos, impulsos emocionales, experiencias pasadas y un sistema nervioso respondiendo a lo que percibe como amenaza, excitación, incomodidad o necesidad.

En consulta, me encuentro a menudo con familias que, desesperadas, acaban enfadándose con su perro. Es comprensible: la frustración es humana. Pero cuando les pregunto si su enfado ha servido para mejorar la situación, todos coinciden en la misma respuesta: no. No sólo no mejora, sino que, normalmente, empeora. El perro no aprende cuando está desbordado. Y el ser humano pierde conexión, calma y claridad.

En ese estado de tensión, el perro no puede acceder a comportamientos alternativos. Su cerebro emocional domina la escena, y la parte encargada del razonamiento o el autocontrol queda temporalmente fuera de juego. Las redes neuronales que permitirían una respuesta distinta no están disponibles en ese momento. No toda conducta es una decisión consciente; en situaciones de estrés, el comportamiento es una reacción automática diseñada para sobrevivir.

Si un perro ladra al ver otro perro, quizá está pidiendo distancia. Si tira de la correa, tal vez necesita descargar tensión o siente urgencia por acceder a un lugar que considera seguro. Si muerde objetos en casa, puede estar regulando su ansiedad o gestionando un exceso de energía. Cuando no responde a tu llamada, seguramente no está ignorándote; simplemente su cerebro está ocupado en algo que, para él, es prioritario. Lo importante es comprender que, en cada uno de estos casos, el perro no está eligiendo “portarse mal”. Está resolviendo un problema interno.

¿Qué podemos hacer entonces? Lo primero es observar sin juzgar. Preguntarnos qué está viviendo ese perro, qué situación se está dando para que su sistema nervioso responda así. A menudo, basta con ofrecer más distancia de un estímulo, reducir la intensidad de la situación o acompañarlo hacia un lugar donde se sienta seguro. La seguridad es el primer paso del aprendizaje. Sin seguridad, no hay calma. Sin calma, no hay aprendizaje.

A partir de ahí, es posible ayudar al perro a construir nuevas conexiones: alternativas más saludables para afrontar los mismos retos. Esto no ocurre de un día para otro. Igual que las personas, los perros necesitan tiempo, repetición y experiencias positivas para desarrollar nuevas maneras de responder. El entrenamiento no consiste en imponer conductas, sino en construir redes neuronales más estables, accesibles y útiles para la vida cotidiana.

Cuando entendemos este proceso, algo profundo cambia en la convivencia. Dejamos de preguntarnos “¿por qué me hace esto?” y empezamos a preguntarnos “¿qué necesita?”. Esta pequeña variación abre una puerta enorme. Nos permite mirar al perro no como un problema, sino como alguien que necesita guía. Nos invita a escuchar, a acompañar, a ser parte de la solución en lugar de parte del conflicto.

El comportamiento no es una falta moral. Es información. Y cuando aprendemos a leerla, convivir se vuelve más fácil, más amable y más verdadero. La reactividad, los ladridos, los hábitos que no nos gustan… todo eso forma parte de un mensaje. El reto no es silenciarlo, sino comprender qué está diciendo.

Escuchar el comportamiento de nuestro perro es el primer paso para poder ayudarlo. Y cuando lo ayudamos, él cambia. Con tiempo, respeto y paciencia, se generan nuevas redes y aparece la posibilidad de responder de otra forma. La convivencia se transforma. No porque el perro obedezca, sino porque se siente seguro y acompañado. Y cuando se siente así, florece.

Si este enfoque te resuena y quieres seguir aprendiendo maneras amables y efectivas de entender y acompañar a tu perro, puedes seguirme en redes. Allí comparto más contenido para ayudarte a construir un vínculo más fuerte y una convivencia más tranquila.

@ernestbelchi
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