Cómo enseñar calma en casa (sin gritos ni castigos)
Sobre cómo la calma se aprende a través de seguridad, práctica y acompañamiento, y por qué exigirla con gritos o castigos solo empeora la convivencia
ENCONTRAR LA CALMA
Ernest Belchi
11/9/20254 min read
Cómo enseñar calma en casa (sin gritos ni castigos)
por Ernest Belchi
A veces tenemos la sensación de que nuestro perro no sabe parar. Va de un lado a otro, se activa con cualquier estímulo, ladra ante cualquier sonido, salta sobre visitas o parece vivir en un estado de inquietud permanente. En esos momentos, la frase más repetida es: “Solo quiero que esté tranquilo”. Sin embargo, la calma no es algo que aparezca de forma automática, ni algo que se pueda exigir. La calma se aprende. Y se practica.
Una de las ideas más importantes para comprender esto es que la conducta de un perro —igual que la nuestra— está estrechamente ligada a su sistema nervioso. Cuando su cuerpo y su cerebro están en alerta, lo que vemos es movimiento, inquietud, impulsividad. No porque quiera desobedecer, sino porque su fisiología no le permite otra cosa. En un estado de activación, el perro no tiene acceso a respuestas más pausadas. Y cuando le pedimos que “se calme” justo en ese momento, le estamos pidiendo algo a lo que no puede llegar.
La buena noticia es que el sistema nervioso se entrena. La calma no es simplemente un estado, sino una habilidad. Un aprendizaje que se construye a través de experiencias repetidas en las que el perro puede bajar revoluciones, sentirse seguro y descubrir que no necesita estar en guardia. Igual que un músculo se desarrolla con el uso, las redes neuronales que sostienen la calma se fortalecen cuando se practican.
Muchos perros no son inquietos por naturaleza; solo lo parecen porque no han tenido la oportunidad de descansar lo suficiente, o porque su día a día está lleno de estímulos para los que no tienen aún estrategias adecuadas. Otros viven en alerta constante porque no se sienten plenamente seguros en su entorno, y su cuerpo se prepara para responder. La calma empieza cuando esa seguridad aparece.
Por eso, el primer paso para enseñar calma es observar. ¿Cómo duerme tu perro? ¿Cuántas horas reales de descanso tiene al día? ¿Tiene un lugar en casa donde nadie lo moleste? ¿Puede retirarse cuando lo necesita? Un perro que duerme poco, que no puede desconectar o que se siente invadido en todo momento difícilmente podrá mostrarse tranquilo.
También es fundamental revisar las rutinas. Muchos perros pasan gran parte del día sin actividades que estimulen su mente. Curiosamente, la falta de estimulación cognitiva genera más inquietud que la falta de ejercicio físico. Cuando el perro no tiene oportunidades para pensar, resolver, oler, explorar con calma, su energía no encuentra salida, y esa presión se convierte en nerviosismo.
Actividades sencillas como juegos de olfato, pequeños retos de búsqueda o ejercicios de manipulación suave pueden ayudar a centrar al perro y a enseñarle a regularse. Esos momentos no solo cansan de otra manera, sino que favorecen la construcción de nuevas conexiones neuronales relacionadas con el autocontrol, la atención y la regulación emocional.
La calma también se contagia. Cuando convivimos con un perro, nuestra presencia puede convertirse en su referencia principal. Si nosotros actuamos siempre desde la prisa o la tensión, es probable que él también viva a ese ritmo. En cambio, si nuestra energía transmite estabilidad, el perro la percibe y acompasa su ritmo interno al nuestro. Esto se ve especialmente en ejercicios tan sencillos como sentarse a su lado, acariciarlo despacio, respirar juntos, o permanecer en silencio mientras él descansa. Esa convivencia tranquila enseña más que cualquier orden.
Lo que sí podemos descartar desde ya es el uso de gritos o castigos para “conseguir” calma. No solo no funcionan, sino que provocan el efecto contrario. Asustan, tensan, desregulan. Un perro que recibe castigos cuando está alterado no aprende a tranquilizarse; aprende a defenderse, a desconectarse o a temer. La corrección nunca enseña la habilidad que se busca; solo frena temporalmente la expresión del síntoma.
La calma necesita seguridad. Necesita experiencia. Necesita acompañamiento. Cuando damos a nuestro perro oportunidades para bajar la activación, cuando le mostramos que el entorno es estable, cuando le ofrecemos descanso real, cuando lo ayudamos a gestionar sus emociones a través de actividades adecuadas, está en condiciones de aprender. Es ahí donde puede aparecer esa tranquilidad que tanto deseamos.
Con el tiempo, este aprendizaje se convierte en hábito. Un perro que se siente seguro y que ha practicado la calma aprenderá a regularse más rápido en situaciones complicadas. No porque alguien se lo exija, sino porque ha construido las redes neuronales necesarias para hacerlo. Ha descubierto que puede, que su cuerpo sabe cómo bajar el ritmo, que no necesita reaccionar compulsivamente a todo lo que ocurre a su alrededor.
La calma no es un destino, sino un camino. Un proceso que se recorre cada día a través de la presencia, la paciencia y la empatía. No se logra imponiendo silencio, sino creando seguridad. Cuando la calma deja de ser una exigencia y empieza a ser una experiencia compartida, la convivencia se transforma.
Si quieres seguir aprendiendo cómo acompañar mejor a tu perro y construir con él un hogar más tranquilo, puedes seguirme en redes. Allí encontrarás más contenido para profundizar en este enfoque.
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